Uno los ve tan sanos, tan fuertes, tan altos, tan jóvenes, tan ricos, tan felices, eso sí, tan distantes, habitantes de un planeta único y desconocido para el resto de los humanos, que tiende a creer que ellos nunca sufren. Sufren, lo peor es que no están preparados para sufrir. Se sienten tan seguros de sus vidas, de sus cuentas corrientes, de su estilo de vida que, como llegó a reconocer el mismo Ronaldinho, modelo a no seguir, no necesitan ni siquiera llevar dinero en el bolsillo porque viven de gratis total.
Eso es cierto. Es más, los que conviven con ellos y lo hacen rozándolos, tocándolos, hablando con ellos y comentando la jugada un día sí y otro también, cuentan que, en efecto, sería bueno que se dieran cuenta de que son unos privilegiados. Ya lo dice Guillermo Amor en el maravilloso libro sobre la cantera escrito por el técnico azulgrana Albert Puig: “Los niños han de saber que el mundo profesional del fútbol es un mundo irreal”.
Son muy pocos, poquísimos, los profesionales que saben en que mundo habitan. Somos demasiados los que tenemos que convivir con ellos y quedarnos perplejos cuando, al pedirles algo, al plantearles alguna cuestión a la salida de un entrenamiento, casi oímos la misma respuesta: “Tengo prisa, lo siento, no puedo pararme”. ¿A dónde van? ¿quién les esperan? ¿qué tienen que hacer? Nada, pero se van. Ya han trabajado.
Pero todos esos privilegios, ventajas, dinero, fama, popularidad, gloria, se viene abajo cuando uno de esos muchachos, cualquiera de ellos, poco importa su nombre, lo que costó, lo que gana, dónde juega o lo imprescindible que es para su equipo, sufre un traspiés, una lesión. El dolor es de todos porque nadie se merece quedar apartado de su profesión, de su carrera, de su trabajo, de forma tan desagradable, dura e injusta.
Ahora que Milito, el gran Milito, el inmenso Milito, el sufridor Milito, está a punto de reaparecer tras un auténtico calvario y vía crucis (¡ojalá aparezca el miércoles, en la semifinal del Mundialito!), otra pared que se cae, que se resquebraja, que se daña. Pepe se ha roto. Y mucho. Los malditos cruzados, la maldita rodilla derecha de nuevo. Sí, de nuevo. La misma rodilla, idéntica lesión, meses y más meses de recuperación, de lágrimas forzando para ser, de nuevo, el muro. Nadie puede alegrarse de algo así. Porque duele ver a un deportista alejado del escenario. Y ni siquiera bobadas como la que dijo Jorge Valdano sobre Milito o actitudes como la del propio Pepe frente a Casquero (“se me fue la cabeza, somos máquinas y fallamos”, reconoció el propio central portugués), pueden hacernos cambiar de opinión. Si se daña Pepe, se daña el fútbol. Esa herida no la queremos para nadie.
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