En apenas media hora ocurrió un hecho extraordinario y otro ordinario. Era domingo por la noche y en esos treinta minutos vivimos el acontecimiento estelar de Bolt rompiendo otro muro en Berlín y casi sin solución de continuidad descubrimos que el Barça no se había ido de vacaciones, pues continuaba jugando de memoria, como si una rutina virtuosa se hubiera instalado en el equipo.
De Bolt ya conocemos al día siguiente todos los detalles biomecánicos de su irresistible cabalgada, que arroja cuatro conclusiones: corrió los primeros 60 metros prácticamente igual que en Pekín; alcanzó entre los 60 y los 70 metros la mayor velocidad jamás conseguida por un humano (45 km/h); la clave de su récord pulverizado radicó en los últimos 20 metros, pues no se frenó como hace un año; y deja la certeza de que aún tiene margen de mejora: 10 centésimas en concreto si se dan las condiciones ideales de viento, altitud y exigencia. Un prodigio deportivo sin igual, un acontecimiento extraordinario que ha sacudido el verano y convierte a Bolt en el gran campeón de esta década y, posiblemente, de buena parte de la próxima.
Sin tiempo para respirar, el Barça regresó como si no hubiese habido verano. Volvió el mismo estilo que le hizo triple campeón quizás porque, en el fondo, volvieron los mismos jugadores a las órdenes del mismo técnico. En vez de pleno ‘ferragosto’, por momentos parecía que estábamos en el mes de mayo, con Xavi haciendo girar el barco a su antojo y sus colegas presionando con hambre de títulos. Y con jugadores que progresan: la movilidad de Bojan, la personalidad de Pedro y la presencia gigantesca de Keita. También idénticos defectos: la desconcentración puntual, alguna laguna defensiva habitualmente por Abidal, cierta ineficacia rematadora y una plantilla tan reducida que da vértigo a cualquiera, salvo a la directiva blaugrana, que ha tenido que reunirse de madrugada en Bilbao para que el entrenador les explicara lo que todo el mundo venía gritando: que la plantilla es demasiado corta, que aún no se ha reforzado como pidió Pep y que agosto se acaba.
Lo prodigioso y lo cotidiano se unieron en esa media hora vertiginosa confirmando que dos caminos tan opuestos conducen por igual a la excelencia. Bolt volará de nuevo el jueves sobre los 200 metros; al Barça le esperan otros 65 partidos para jugarlos de memoria.
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