Era el 29 de noviembre. El Barça jugaba en el estadio Sánchez Pizjuán. Nada fácil. Eto’o acababa de marcar el 0-1 y, en el descanso, Pep Guardiola mentalizó a los suyos de que aquello iba a costar. Y mucho. A los cinco minutos de reanudado el partido, no solo los defensas sevillistas, también algún que otro centrocampista, comenzó a maltratar a Messi. “Yo de ellos dejaría de pegarle”, le dijo Tito Vilanova a Pep Guardiola, que sólo tenía ojos para el partido en global.
Primero fue Maresca quien volteó a Messi. Nada grave. Minutos después, fue Romaric el que le pilló con una inocente tijera, pero tijera al fin. Y, más tarde, hasta Capel se atrevió a llevárselo por delante para frenar una de sus cabalgadas. Y Vilanova se giró, esta vez ya de forma más ostentosa, hacia su amigo Pep y le dijo: “Lo van a cabrear, lo están cabreando, no saben lo que están haciendo”.
Y Messi cogió el balón y ¡zas! 0-2 en el minuto 78. “Lo han cabreado, te lo dije”. Y cogió el balón y ¡zas! 0-3, en el 92. “Lo ves, lo ves, lo tenían que haber dejado en paz. Lo cabrearon, le pegaron, se encendió y mira lo que les ha hecho”.
Cuentan que desde el hotel Monte Real al Santiago Bernabéu, en el autobús del Barça, los azulgranas iban muy, pero que muy, animados. Dicen que el discurso de Guardiola, tanto en la charla técnica como en el vestuario, fue de enorme respeto hacia el Madrid pero, también, de enorme exigencia hacia los barcelonistas: “Hay que ganar”. Cuentan que Xavi y Eto’o fueron los que más pidieron camino del césped. Ya ni les cuento en el rondito típico tras el calentamiento. Allí no hubo grito que no fuese “ganar, ganar y ganar”. Pero todo se transformó cuando Higuain abrió el marcador. “Les caen cinco, ¡cinco!, los han provocado”, fue la expresión del banquillo culé.
Y les cayeron más de cinco. Le cayeron seis. Y pudieron ser doce. Los barcelonistas cumplieron como buenos samaritanos. Enseñaron al que no sabe, dieron de comer al hambriento, de beber al sediento, vistieron al desnudo, asistieron al preso (al preso de Juande, de Boluda ‘el del chorreo’), visitaron a un enfermo, dieron posada al caminante y hasta sepultaron a un muerto. Así de generosos son los culés. Y todo, todo, comportándose como señores, no como Pepe o Marcelo, no, como señores.
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