¿Qué hace un waterpolista en un vestuario de fútbol? Naufragar. Ese fue un pronóstico bastante común allá por el mes de julio, cuando Manel Estiarte llegó al Barça de la mano de su amigo Guardiola. Otro sueldo más en un club agitado por la moción de censura y en un vestuario que apenas soñaba con comerse los turrones. Nueve meses más tarde, nadie discute a Estiarte, tan discreto como haga falta en su papel de ‘facilitador’. Guardiola encuentra en él una muleta imprescindible donde apoyarse en los momentos duros, que son más de los que parecen. Y los futbolistas le consideran ya uno de los suyos, parte de ese cemento que robustece las paredes del edificio en construcción.
Guardiola quiso tener cerca a Estiarte porque un vestuario es un nido de egos y el waterpolista sabe mucho de egoísmo. Lo explica con crudeza extrema en el libro que presenta hoy (“Todos mis hermanos”), un buceo profundo en su intimidad más recóndita y de la que extraigo una confesión principal: “Yo era egoísta, provocaba negatividad en el agua y eso no casa con un líder”. Estiarte desnuda su realidad: mientras fue egoísta se le consideró el mejor waterpolista del mundo, pero fue incapaz de construir un equipo campeón. Lo recuerdo bien, pues compartí sus años de éxito. Fueron años de éxito para Manel, pero no para el waterpolo español. Después comprendió que desde el egoísmo no se edifica un campeón: “Evolucioné. Me volví respetuoso y altruista”. Dejó de ser pichichi de todos los torneos, pero logró que su equipo fuera campeón olímpico. La parcela de gloria que cedió como individuo la conquistó multiplicada por cien como conjunto.
Eso ocurre siempre en el fútbol. Cuando el delantero centro sólo busca su lucimiento personal, el título de pichichi, la Bota de Oro, el equipo desciende varios peldaños. Cuando la gran estrella se enfoca hacia los galardones individuales, el colectivo se desploma. Todos ellos encuentran siempre quien les excuse: “el goleador ha de ser egoísta”; “todo jugador ha de pensar sólo en él”, dicen a todas horas quienes buscan tapar esos errores. Falsas excusas. El egoísmo quiebra a los equipos campeones. Mejor dicho: ningún equipo llega a campeón a base del egoísmo de sus componentes, sino a partir de su entrega solidaria. La fuerza de este Barça reside en esa gente de inmenso talento que renuncia a su ego por el bien colectivo.
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