Cuentan que un día le preguntaron al gran, al enorme, al virtuoso, al mágico Romario Souza Faria cuál era la principal diferencia entre aquella triste, gris y lluviosa ciudad holandesa de Eindhoven, de donde le rescató el Barça, y el Castelldefels donde vivía. Romario encontró una explicación muy brasileña: “En Eindhoven, cada mañana al levantarme y abrir la persiana de mi habitación, lo que había fuera me gustaba muchísimo menos que lo que había dentro; en Castelldefels, cuando me levantaba y corría la cortina de mi habitación con vistas a la playa, lo que había fuera me gustaba muchísimo más que lo que tenía dentro”.
El anuncio hecho ayer por Romario –autor, dicen, de más de mil goles, creador de la ‘cola de vaca’ con la que superó a Alkorta en el aquel 5-0 al Madrid y protagonista de acciones míticas, históricas, de vídeo– de que, a los 42 años, deja el fútbol, me hizo recordar esa anécdota, una de las muchas que cuentan de un brasileño, de un delantero, de un goleador que vivió fuera del campo a la misma velocidad que dentro.
Ese Romario tuvo la suerte, al menos en su etapa azulgrana, de contar con un entrenador que lo entendió, que lo motivó y que lo marcó de cerca permitiéndole un montón de bobadas pero exigiéndole y exprimiéndolo en el campo como al que más.
Romario, en comparación a otros compatriotas de cuyo nombre no quiero acordarme, tuvo otra enorme ventaja: contó con unos compañeros de vestuario que no dudaron en enseñarle el camino a seguir y que, en el primer día de concentración con motivo de un Gamper, le llamaron la atención al levantarse de la mesa antes de hora tras un fugaz almuerzo en el ático del Princesa Sofia.
Uno de los capitanes, tras guiñarle el ojo a los otros dos, en un claro signo de complicidad y de “tranquilos, ya se lo digo yo”, se acercó a Romario, que ya enfilaba el camino al ascensor dejando sentados en el resto de las mesas a sus compañeros, y le dijo “Romario, que lo sepas, hoy te vas pero esta noche no te levantarás de la mesa hasta que no lo hagamos todos”. “Ya, pero es que yo no tomo postre ni café”, se excusó el recién llegado. “No eres el único, pero la norma es que nos sentamos y nos levantamos todos a la vez, ¿entendido?”. Entendido.
La diversión, entonces, no estaba reñida con la disciplina.
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