Que digan lo que quieran pero, para mí, esta Liga es la Liga de la mediocridad. El que la gane será, por supuesto, un justo campeón porque habrá conseguido más puntos que el segundo y el tercer clasificado. Pero eso sólo es un análisis numérico del campeonato. La verdad es que da la sensación de que nadie quiere el título. O, lo que es peor, que ninguno de los favoritos tiene argumentos suficientes para ganarlo con autoridad. El Madrid sólo pudo empatar en Mallorca pero mereció perder. El Sevilla le dio un repaso a un Villarreal que parecía imparable. Y el Barça volvió a pinchar en la línea que ya nos tiene acostumbrados a lo largo de toda la temporada. Que nadie me diga, pues, que la Liga se ha igualado en calidad. Al contrario. Se ha igualado en pobreza futbolística. En estrellas que ya no son estrellas. En jugadores que no marcan las diferencias. En fichajes multimillonarios que no aportan absolutamente nada. Los clubs, empezando por el Barça, deben hacerse un serio replanteamiento. Si siguen así –ya llevamos dos campeonatos de lo más tristes– matarán al fútbol.
Pañolada de desesperación
Los socios y aficionados le han dado la espalda al equipo. Tal vez definitivamente. Ayer sólo hubo un poco más de media entrada para ver el decisivo partido contra el Getafe. Decisivo no por la entidad del rival –que también: el Getafe es el único club español vivo en tres competiciones– sino porque el Barça ya hace semanas que sólo juega finales. Por eso, en los últimos instantes del encuentro, el público estalló. Y lo hizo con una pañolada motivada más por la desesperación que por la indignación o el cabreo. Anoche, precisamente, el conjunto de Rijkaard no disputó su peor partido en el Camp Nou. Tuvo, incluso, oportunidades claras para lograr la victoria. Pero los postes –tres, de Eto’o, Giovani y Xavi– y las buenas intervenciones de Abbondanzieri lo impidieron. Una vez más, el Barça no pudo –o no supo– aprovechar un fallo del Madrid para arañarle puntos al líder y darle nuevamente emoción a la Liga. Eso fue lo que provocó el enfado de los culés. La crisis deportiva ya hace tiempo que es un hecho. Pero que nadie amenace ya con una crisis institucional. Todavía no.
Laporta abre la caja de los truenos
Laporta dice lo que piensa. Y eso, a veces, resulta peligroso. Ayer se ‘calentó’ en su particular mitin ante las peñas y abrió la caja de los truenos. Cargó duramente contra los “hipócritas y embaucadores” que dicen ser del Barça pero que, en realidad, ni lo son ahora ni lo han sido nunca. Atacó, sin nombrarlo, a un sector muy concreto de los medios de comunicación. Aquellos que nunca han podido asumir que un ‘intruso’ como él haya llegado a ser el máximo dirigente de una institución como la blaugrana. Me extrañaría que el presidente del Barça no recibiera hoy un montón de palos de todo el entorno periodístico que se sintió aludido. Esta mañana, Laporta almorzará con una serie de artículos de opinión que le pondrán de vuelta y media. Pero a él no le importa. Dijo lo que tenía que decir porque le vino de gusto hacerlo. Le salió de dentro y no midió las consecuencias de su discurso. Quería lanzar un mensaje de optimismo ante un final de temporada muy complejo. Pero le salió una ‘declaración de guerra’ en toda la regla.
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