Me siento estafado. Como millones de culés. No se puede jugar con la ilusión de los barcelonistas. Y esto es lo que hizo ayer el equipo de Rijkaard. Después de tener el partido absolutamente controlado, con dos goles en quince minutos, se desdibujó en una impresentable segunda parte. No es la primera vez que le pasa. Pero lo de anoche fue vergonzoso. Una humillación total por parte de un Betis que estaba futbolística y anímicamente muerto y que resucitó tras el descanso por la falta de rigor y disciplina táctica de los blaugrana. No hay excusa posible. De nuevo el Barça demostró que no se merece ganar esta Liga. Tuvo una oportunidad única para ponerse a sólo un punto del Madrid y meterle toda la presión al líder y fue incapaz de aguantar un 0-2 ante un equipo que está luchando por evitar el descenso. No existe una explicación coherente al desastre sufrido en el Ruiz de Lopera. Será muy difícil superar este golpe. La poca credibilidad que le quedaba al conjunto blaugrana se esfumó en sólo tres cuartos de hora. ¡Que se acabe esta temporada cuantos antes!.
Las disculpas de Rijkaard no sirven
Rijkaard estaba completamente abatido al final del partido. Se presentó a la rueda de prensa como un hombre derrotado, incapaz de interpretar el desastre que acababa de presenciar y pidiendo perdón como único argumento. Las disculpas del entrenador ya no nos sirven. Le honra reconocer que siente vergüenza, pero lo que queremos de un técnico es que aporte soluciones. El holandés ya es incapaz de hacerlo. Ha perdido totalmente el timón de un barco que va directamente hacia la deriva. El naufragio ya sólo es cuestión de días. El problema es que todavía quedan dos meses de competición y hay que buscar un revulsivo para no hacer el ridículo. Por una simple cuestión de orgullo, el Barça no puede arrastrarse por la Liga como un cadáver. Y ya no quiero ni pensar en la Champions. El duelo de cuartos de final ante el Schalke 04, que todos afrontábamos con esperanza, puede convertirse ahora en la peor de nuestras pesadillas. Rijkaard deberá hacer un esfuerzo imposible para que este equipo sea capaz de, al menos, llegar a las semifinales de la Copa de Europa.
La revolución total es obligatoria
Laporta ya puede arremangarse. Le espera un trabajo titánico si quiere volver a crear un proyecto deportivo campeón. No sé si el secretario técnico, Txiki Begiristain, y el vicepresidente deportivo, Marc Ingla, van a prestarle mucha ayuda. El presidente debe afrontar una revolución total en la plantilla. Seguramente empezando por el entrenador. Ya nadie cree en Rijkaard. Laporta es su último avalador, pero se está cargando de razones futbolísticas para destituirle. Hay que coger la escoba y hacer la limpieza que lleva retrasándose desde hace dos temporadas. Ahora ya no hay excusas. Ya no sólo es un problema de que los cracks como Ronaldinho, Deco o Márquez se borren, sino de que este equipo no tiene consistencia. Es frágil, inseguro. Se descompone con tanta facilidad que es víctima de sus propios miedos. Hay que aprovechar el compromiso de los canteranos -ayer Bojan volvió a ser el mejor- y echar a todos los mercenarios que sólo están en el Camp Nou para vivir la vida y hacerse millonarios. ¡Por favor, Laporta, no dudes!.
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