Florentino Pérez ganó menos Champions que Sanz y sólo las mismas Ligas que Calderón en el triple de tiempo
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Un pueblo sediento de esperanza aguarda la llegada del Mesías. El pueblo blanco sufre un desgarro doloroso, rogando a manos juntas que algún ser superior le rescate de la postración. El Mesías ha llegado y entra en la ciudad prometida a lomos de un enjambre de fieles que le aclaman agitando palmas y lanzando aplausos. Por un momento, la confusión es atronadora pues miles de banderas rodean la Cibeles en lo que parece una celebración triunfal del madridismo por el retorno del amado líder, acaso por algún triunfo que desconocíamos. Hasta que caes en la cuenta que las banderas no son blancas, sino rojas, y que no son socios merengues quienes las enarbolan, sino sindicalistas que reclaman serenidad frente a la crisis a los patronos codiciosos.
¡Ah, qué ironía del destino! La Cibeles colapsada bajo un mar de banderas ajenas al fútbol mientras el afamado empresario hace su entrada triunfal en el tabernáculo elitista del Ritz. A estas alturas, permítanme que recurra al gran Manolo Vázquez Montalbán y proclame con él: Tararí, tararí, Florentino ya está aquí. Y ahí está, de azul eterno. Satinado el traje, eléctrica la corbata, celeste la camisa, azul de pies a cabeza frente a un auditorio dividido en dos clases: los que llevan traje y los que no. Arriba y abajo. Los que mandan y los que preguntan.
Habrá muchas preguntas. Hora y media de preguntas, pero en el fondo una sola pregunta que no obtiene respuesta convincente: ¿por qué? Es decir, ¿por qué vuelve Florentino? Pero de verdad.
El preclaro líder lo explica varias veces. Primero lee un texto espléndidamente redactado. Son tres folios escritos en una tipografía poco habitual. Casualmente, la misma que utiliza como sello corporativo la agencia de publicidad Shackleton, tipografía Century Gothic. ¿Casualmente? No. Detrás de Florentino aparece Pablo Alzugaray, presidente de Shackleton, un argentino intelectualmente sólido que ha levantado una muy buena agencia publicitaria y lleva años construyendo el argumentario de Florentino. El texto se ha preparado en la agencia, con sus propios ordenadores y tipografía y hace honor a la fama de buenos redactores de texto que acredita a sus creativos. Alzugaray también viste de azul. Pastel en su caso. El texto destaca dos preguntas en negrita: ¿Por qué me fui? ¿Por qué vuelvo?
Florentino lee con voz monocorde de sermón dominical y da vueltas a estas cuestiones en un pretendido examen de conciencia: me equivoqué, dice. Lo repetirá hasta tres veces. Pero, ¿en qué se equivocó? ¿En prescindir de Del Bosque y Makelele? ¿En dejar que los galácticos camparan a sus anchas? ¿En mezclar negocios y fútbol? ¿En querer reinventar el fútbol? Nada de eso. Se equivocó en una sola decisión: en la de dimitir. Ahora, con la perspectiva de estos tres años, ha comprendido que no debió irse. Creyó que dejaba todo atado y bien atado, pero no fue así.
Todo su discurso se construye sobre una peculiar interpretación de los hechos. Florentino hace una relectura particular de la historia reciente para convencernos de que su presidencia resultó modélica y ejemplar: ni uno solo de los hechos certificados que vivió el Madrid durante su mandato sobrevive a esa relectura. Así, nadie echó a Del Bosque, pues simplemente se le acabó el contrato; Makelele quiso irse; jamás aprovechó el palco para sus negocios o los de sus directivos; tampoco recuerda ningún pacto de no agresión con el Barça tras lo de Figo; maniató a los Ultra Sur; y, en fin, lo de Zidanes y Pavones procede de la noche de los tiempos madridistas... Es su versión personal de la última década. Nada fue como creímos ver y observar, sino como ahora dice el líder que fue.
Eso desemboca en su conclusión: el único error fue irse. Por eso vuelve. Porque el Madrid no puede estar “ni un minuto más en esta situación”. ¿Cuál es esta situación? Subcampeón de Liga, eliminado en la Copa y caído en octavos de Champions. Qué curioso. Exacta y milimétricamente el mismo balance de Florentino en 2006 cuando dimitió. Con la diferencia que el Madrid de hoy viene de ganar dos Ligas consecutivas, lo que no ocurría hace tres años cuando el preclaro líder creía que su proyecto “era lo suficientemente sólido como para dar paso a otro ciclo”. ¡Qué forma de reescribir la historia! Los fieles parecen encantados con lo que oyen. Cualquiera diría que los tres últimos ejercicios de este presidente fueron un desfile de miel y rosas en vez del desierto áspero y el declive catastrófico que todos conocimos. Pero lo han olvidado. Lo han querido olvidar.
La consecuencia lógica de este proceso mental es que el pueblo blanco necesita que le salven. Necesita un salvador, un profeta. Y aquí está él, entrando bajo palio en el templo repartiendo promesas. Un fan le bautiza como el “Obama blanco” y ahí se alcanza el paroxismo, pues definitivamente creemos hallarnos ante Adán: antes que él no hubo nada... salvo Bernabéu. Esa es una idea que siempre acarició y ahora repite sin cesar. Parece como si el Madrid sólo hubiera tenido dos presidentes: Bernabéu y Florentino. Otra vuelta de tuerca a la historia. Pioneros de las giras, pioneros en apoyar a los niños desprotegidos del mundo, por momentos creeríamos que el Madrid, el fútbol y la solidaridad empezaron con él. ¿Exagero? Es posible, pero es Florentino quien afirma que en el año 2000 el estadio Bernabéu “no tenía ni luz ni agua y tuvimos que instalarla”. ¡Cielo Santo! ¡El mejor club del siglo XX, sin agua ni luz!
A partir de este punto cualquier argumento resulta ocioso. ¿Para qué seguir cuestionando el por qué? Vuelve porque quiere, porque lo siente o porque lo necesita. Da igual. Es hora de promesas. Y las promesas se multiplican: el Bernabéu no se tocará pues ya no son factibles nuevas operaciones inmobiliarias (hasta nuevo aviso); el Madrid jamás se convertirá en Sociedad Anónima (aunque veremos maravillas); profundizaremos en el desarrollo comercial de la mejor marca del mundo (camisetas, giras y más galácticos); jugarán los mejores extranjeros (Kaká, Ribéry y Cristiano) y españoles (Villa) dirigidos por el mejor (¿Mourinho?); y, finalmente, habrá que invertir este año el triple para construir “un modelo deportivo espectacular”.
¿Cómo lo financiará? Con préstamos bancarios e incrementando ingresos. Es decir, endeudando al club y estrujando la comercialización de camisetas y futbolistas. El mismo modelo que en 2000. Sin duda, el madridismo se ilusionará con sus fichajes, con Valdano y Zidane, con la sensación de estar en manos de un hombre infalible. Y el Real ganará títulos. ¡Cómo no van a conseguirlos los neogalácticos si hasta el “despreciable” Calderón logró dos ligas en medio del cataclismo institucional! Nos esperan cursos apasionantes, momentos únicos en los que la historia se repetirá inexorable.
Al tercer año, el Mesías blanco ha resucitado y nadie en la capital quiere recordar que Florentino, al fin y al cabo, ganó menos Champions que Lorenzo Sanz y sólo las mismas ligas que Calderón en el triple de tiempo.
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