Vale su peso en oro. Ocurra lo que ocurra, ya nadie duda de que Michael Phelps será el indiscutible protagonista de los Juegos de Pekín. El nadador estadounidense, que contabiliza un total de seis medallas de oro –todas ellas con récord del mundo incluido–, lo que eleva su bagaje personal a 12 olímpicas (otras seis de Atenas’04, más dos bronces), se forrará cuando finalicen los Juegos. Aseguran que nunca más tendrá que trabajar. Podrá vivir los próximos 50 años del cuento, sin pegar un sello.
El rostro más popular de Pekín percibirá una cifra nunca inferior a los 3 millones de dólares anuales sólo en concepto de publicidad. Una cantidad, desde luego, poco habitual para un nadador y al que sólo se acercó el legendario Mark Spitz: “Es el principal reclamo de estos Juegos y ha de estar preparado para ganar mucho dinero”, explicó Max Markson, una autoridad australiana en el mundo de la publicidad y del merchandising. Ya se le define como el hombre del millón de dólares. Desde luego que nunca se acercará a las cifras que perciben otras celebridades como David Beckham, Tiger Woods o Michael Jordan. Desde la agencia que lleva sus asuntos (Octagon) declinan hacer cualquier comentario, aunque reconocen que es más difícil rentabilizar a figuras olímpicas: “Los Juegos son una vez cada cuatro años. Es verdad que se trata de una caja de resonancia magnífica pero nos resulta más fácil llevar a deportistas que compiten cada semana”, explican.
El de Baltimore, que dio el salto al profesionalismo a la edad de 16 años y a los 18 ya empezó a ganar dinero a espuertas, dispone en la actualidad de esponsores (VISA, Omega, Speedo, AT&T, PowerBar, Kellog’s...), agentes privados, abogados, contables, participa en obras de caridad, dispone de una página web –en inglés y chino– y siempre luce su logo personal con la letra M en color azul y la P, en rojo –ambas en mayúsculas–. Desde luego, el Phelps de estos Juegos no tiene nada que ver con aquel niño feucho, de grandes orejas –le produjo un trauma enorme–, que sufría un trastorno por déficit de atención con hiperactividad y que creció de una forma rápida y desproporcionada. Su infancia no fue feliz. Una maestra le dijo a su madre, Deborah: “Su hijo nunca llegará a concentrarse en algo” y ella, que también era maestra, le contestó: “Quizá se está aburriendo”. La respuesta la dejó helada: “Su hijo no es muy dotado”. Deborah recuerda que se enojó muchísimo y reclamó en vano: “Bueno, está bien... ¿Y qué van a hacer ustedes al respecto?” El hecho es que apenas podía leer dos párrafos seguidos; perdía la concentración. Cuando corría los brazos le llegaban más abajo de las rodillas, lo que provocaba las burlas de sus compañeros. Un día Phelps propinó un puñetazo a uno de ellos en el autobús escolar, y le prohibieron subirse al transporte durante varios días.
Charles Wax, el médico de la familia, decidió intervenir pero la respuesta fue la misma: “no es capaz de calmarse, no se concentra...”. Así fue como empezaron a suministrarle Ritalin, un estimulante para tratar la hiperactividad. A los 11 años lo dejó. “Mamá, no quiero tomar más esa píldora. Déjame que maneje el asunto a mi manera”, confesó. Para entonces, ya iba a la piscina a diario. El hiperactivo Phelps era capaz de aguardar su turno cuatro horas para nadar apenas cinco minutos. Tranquilo, relajado... Conoció a Bob Bowman, su entrenador de siempre, que se entusiasmó con él y le llevó al estrellato. El niño se había salvado por el agua. Y ahora es multimillonario.
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