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REPORTAJE (CAPÍTULO II)

SPORT entra en la cárcel: "Un, dos, tres... ¡libertad!"

Son mujeres que cumplen condena. Un grito atruena en el cielo del gimnasio. El deporte se fusiona con un viejo sueño. Gritan libertad...

Las internas recibieron a SPORT con los brazos abiertos Foto: Joan Monfort

Las internas recibieron a SPORT con los brazos abiertos Foto: Joan Monfort

Carlos Galindo

Juntan sus brazos y los elevan hacia el cielo: “un, dos, tres… ¡Libertad!”. Es un canto de esperanza que revienta los muros del Centro Penitenciario Brians 1 (1.000 internos de los que 300 son mujeres). Este lugar no tiene nada que ver con La Modelo. Situado en plena naturaleza, es un ejemplo de modernidad... una cárcel como las demás, con sus muros, sus rejas y sus alambradas, pero eso sí, mucho más bonita. Hay que sortear hasta cuatro controles de seguridad para acceder a la calle Mayor, que va a desembocar a la Plaza Fórum. A la derecha queda un polideportivo cubierto (para los reclusos) que no evita un puñado de goteras. Hay charcos en el suelo. Por fin entramos en el módulo de mujeres. ¿Practican algún deporte?, ¿les interesa? ¿qué hacen en su tiempo libre...? La respuesta es ésta: sí, lo practican, pero no como sus compañeros. A ellas no les preocupa el culto al cuerpo, ni los músculos, ni el sudor... Simplemente, juegan. Se divierten sin ánimo competitivo, con más sentimiento, más íntimamente... Para perder peso. Quizá, por coquetería.

Cristina, de 31 años, va a cumplir cinco aquí dentro “y todavía me quedan otros cuatro”. La encarcelaron por robo: “Las mujeres lo tenemos más chungo que los hombres porque no podemos utilizar el polideportivo. El deporte es una manera de adquirir hábitos sanos y de no pensar en nada. De evadirse, en una palabra”, explica con gracejo. “Cuando jugamos entre nosotras hay buen rollo, aunque de vez en cuando se produce algún pique. Es natural, ¿no? Ocurre lo mismo con los hombres...”, se justifica.

Admite que no le interesa el deporte al uso (profesional): “para nada. Antes montaba en bici pero lo vas dejando poco a poco para meterte en la droga y en la delincuencia y mientras estás en todo ese rollo, el ejercicio físico se aleja y deja de interesarte. Ya en la cárcel, sí que te das cuenta de que hay gente que no lo ha practicado en su vida, porque no coordinan los movimientos…”.

Reconoce que el deporte le ha servido: “porque hay momentos en los que estoy realmente jodida y cuando corro o salto me siento más activa y relajada. Aquí dentro pasas muchas horas parada, sin hacer nada… Al margen de las actividades programadas, la vida es muy sedentaria y claro, la gimnasia te revitaliza y te hace sentir mejor, no sólo física sino psíquicamente. Es bueno caer rendido en el catre por la noche y dormir de un tirón... La mejor terapia es el descanso profundo, porque mientras duermes, olvidas… Y aquí dentro, olvidar es necesario”.

No busca reproches a su situación personal: “La vida es dura de por sí y si le sumas a esa circunstancia el problema que puedas tener al estar privada de libertad, pues sí, es jodido, pero el ser humano se va haciendo y sigue para adelante porque no le queda otro remedio”. Está soltera: “pero tengo dos niñas”. Se considera apoyada por los suyos “y también por los amigos”. No se sacude de encima ninguna responsabilidad: “No me ha fallado la sociedad; he sido yo quien se ha fallado a sí misma y lo que me ocurre ahora es algo que tengo que solucionar sola. Nadie me ha metido en prisión, pero los que me quieren de verdad, me apoyan sin condiciones. No les pido nada a cambio. ¿Cómo podría hacerlo...? No tengo ningún derecho. Cuando te metes en esto (por lo de sus líos con la justicia) ya tienes cierta edad y sabes lo que haces, lo que te juegas y adónde puedes ir a parar”.

Admite que le da miedo pensar en el futuro, sobre todo, en el día que expire su condena: “son muchos años en el talego.... Al final, te acabas haciendo a la vida de la prisión. Se convierte en una rutina que vas siguiendo y cuando sales afuera, a la calle, asumes que va a ser difícil. Tú misma te añades presión e impedimentos porque no llevas escrito en la frente que has estado en la cárcel, pero te acabas acostumbrando; te infantilizas. La cárcel te quita todas las responsabilidades, no pagas alquiler, ni comida, ni nada… Sólo tienes que levantarte, seguir tu rutina diaria y por la noche, acostarte. Lo tienes todo cubierto. Por eso, cuando sales afuera, te cuesta…. El deporte es una manera de mantener una actividad física constante, de no atontarte...”.

Lleva bien lo de su maternidad en prisión: “sí, guay; ahora mejor que antes, porque salgo de permiso de vez en cuando y no quiero que las niñas vengan a visitarme. Son pequeñas; saben que estoy en la cárcel y yo les explico que esto es como un colegio. Se declara seguidora del Betis y también simpatizante de Osasuna. “No lo sigo demasiado. A mí lo que me gusta es jugar con las compañeras, el rollo comunitario... Es una manera de conocer a la gente. Sólo busco pasar un buen rato. Cuando juego me siento viva… En ese instante, todo está bien, todo funciona...”.

No sigue las noticias de la prensa rosa “pero sí el tema político. Me interesa. No es que entienda mucho, pero me gusta saber como lo lleva el gobierno y esas cosas. Un preso, por mucho que sea consciente del error que ha cometido, nunca admite la condena que le ha caído encima. Sobre todo, cuando te das cuenta de que por un delito menor o por una simple adicción –lo que supone que hay un problema con la droga– te caen un puñado de años, y en cambio a gente que roba a manos llenas les meten muy poquito… Es injusto. El mundo sólo se mueve por dinero, y eso me produce coraje e impotencia, porque la cárcel está llena de pequeños delincuentes, mientras que los importantes siguen afuera. El sistema no funciona”.

No le interesa lo más mínimo lo que ocurra en los Juegos de Pekín o en la Eurocopa de fútbol: “¿Para qué…?”, subraya. “Creo que es un negocio. A lo mejor habrá gente que lo verá de otra manera, pero para mí todo se reduce a una simple cuestión mercantil”.

Manuela, a punto de cumplir 42 años, no quiere decir cuánto tiempo estará ingresada. Explica, eso sí, que lleva en prisión dos años y dos meses. Tampoco quiere decir cuál fue su delito: “la gente que me conoce ya lo sabe. No añadiré más...”. A duras penas le arranco su lugar de procedencia: “Soy del barrio de Ciutat Vella (Barcelona)”. Luce un top apretado que no disimula un físico entrado en carnes. Su animosidad, sin embargo, es encomiable: “Me gusta el deporte, sobre todo las máquinas (fitness), también la bicicleta con el controlador... Me hago media hora los lunes, miércoles y viernes, cuando viene el profesor. Me va fantástico. Me gusta el deporte”. Recuerda que ella: “no era de ir con otras niñas. Me gustaba más la compañía de los niños o con mi amiga Montse. He sido un poco golfilla... El ejercicio me ayuda a perder peso, a mantenerme en forma y a cansarme”.

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Un programa innovador fusiona a los alumnos de la UB con las reclusas

Nuestra visita al Centro Penitenciario Brians 1 coincide con un encuentro deportivo que periódicamente realizan los alumnos de la Universidad de Barcelona (UB). Al frente de este programa se encuentra –desde hace ya 14 años– Merche Ríos, catedrática de la Facultad de Formación del Profesorado de la UB, además de monitora de deportes del centro preventivo de hombres del módulo psiquiátrico de la cárcel Modelo, en Barcelona. Se trata de una reunión de alumnos de Educación Física, Educación Especial y Educación Social con las reclusas. Ambos colectivos se fusionan mediante juegos y los estudiantes traen aperitivos que, al término del encuentro, degustan todos juntos: “Se trata de aumentar la socialización, de acercar los alumnos a la realidad penitenciaria rompiendo prejuicios. Es vital el contacto que se establece con la población carcelaria; los alumnos acaban siendo compañeros y tanto los juegos como los debates se determinan mediante un sistema absolutamente democrático”, señala Merche Ríos.

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