Nadal se ha quedado como único representante de la Armada española en Australia
David Ferrer tiene motivos más que sobrados para estar enfadado consigo mismo. Estuvo desconocido el tenista de Xàbia ante el serbio Novak Djokovic. En el momento más importante, después de haber llegado a cuartos con una gran solidez, tuvo “un día malo”. Se le vio sin chispa, lento, alicaído, quejumbroso, falto de ambición... Ferrer caía por 6-0, 6-3 y 7-5 en dos horas y 14 minutos de un calvario que pudo, incluso, haber durado menos.
Esa derrota deja solo a Rafael Nadal en Melbourne, para intentar romper la maldición que persigue al tenis español en territorio australiano: jamás se ha ganado un título (oficial, los de la Copa Hopman no cuentan). Deberá enfrentar en solitario el peligro: primero, el de la revelación del torneo, el francés Jo-Wilfried Tsonga y, en caso de superarlo a alguno de los otros ‘tres tenores’, bien Roger Federer, bien Djokovic.
David entró en la pista sin la mentalidad precisa para alcanzar su segunda semifinal de un Grand Slam (tras el US Open). Como si ya lo hubiera hecho todo. Ese conformismo, ante un jugador como Djokovic, con hambre de victorias y de demostrar que puede retar a los hombres que dominan el circuito desde hace tres años, se paga caro. Para cuando Ferrer reaccionó, ya era demasiado tarde.
Los últimos veinte minutos de partido respondieron a lo que se esperaba del duelo y pusieron al descubierto la vulnerabilidad mental de Novak, que llegó a encararse con su propio grupo de ‘supporters’, entre los que se hallan sus padres. El alicantino salvó cuatro ‘matchballs’ y un servicio del serbio para partido, pero no logró impedir que Djokovic complete la rueda de los Grand Slams: cuarta semifinal consecutiva, habiendo estado en la penúltima ronda de los cuatro ‘grandes’ (desde Roland Garros’07).
"Yo a su edad estaba muy lejos de lograr eso”, destacó Roger Federer, próximo rival del serbio. El suizo mantuvo su impoluto registro ante James Blake (8-0) y en los cuartos de final de Grand Slam (será su decimoquinta semifinal consecutiva) pero volvió a mostrar algunas fisuras para imponerse por 7-5, 7-6 (7/5) y 6-4. Sus rivales no han sabido aprovechar sus momentos de incertidumbre y, además, el suizo ha sacado sus mejores golpes de su raqueta cuando más lo ha necesitado.
Se nota que Federer, aunque él diga lo contrario, ha jugado bajo mayor presión de la habitual. Por varias razones aunque, sin duda, la más importante es que por primera vez había posibilidades reales de perder el número uno que ostenta desde hace 209 semanas. Alcanzar las semifinales le libera ya que, suceda lo que suceda, incluso perdiendo ante Djokovic y con Nadal campeón, Roger seguirá siendo el mejor. Se siente aliviado ya que “la presión ahora baja para mí y es de Rafa, que tendrá que defender muchos puntos en las próximas semanas”, dijo en referencia a los Masters Series de Indian Wells y Miami.
Y hablando del manacorí, no parece que el helvético tenga muchas ganas de medirse a Rafa en la final. “Siempre disfruto más al verle jugar que al jugar contra él”, espetó. Seguro...
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Antes de hoy (9.30 horas) sólo se han enfrentado una vez. Fue en el pasado US Open, en tercera ronda, y Rafa Nadal se impuso en tres mangas a Jo-Wilfried Tsonga. Pero no era la primera vez que coincidían en una pista. Lo habían hecho en Wimbledon durante un entrenamiento. Y el francés dice no haberlo pasado “muy bien. Estuvo muy frío, poco amigable. No estaba jugando conmigo, no tuvo en cuenta estaba al otro lado de la red. Fue un entrenamiento sin sentido y me desilusionó. No fue una actitud de campeón”. Quizá alguien debería haberle explicado a Tsonga que Rafa no sólo juega con intensidad. También sus entrenamientos son intensos, cargados de tensión y agresividad. Busca mejorar, pulir golpes, estar fino. Por eso ni siquiera en un entrenamiento regala una bola. Por eso prefiere entrenarse con júniors. Para pedirles golpes y jugadas en concreto y repetirlas hasta la saciedad para que salgan sin pensarlo y bien ejecutadas. Es lo que hizo ayer. Tanto entusiasmo tenía por entrenarse –lo hizo durante hora y media sin treguas– que hizo esperar a Maria Sharapova. Pero tampoco tuvo prisa por atender las peticiones de los aficionados que se acercaron a la pista
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