El capitán madridista ha visto la luz tras una larga penumbra
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Jamás ha llamado la atención por su físico. Todo lo contrario. Raúl González ha sido siempre un tirillas, un tipo delgado y de aparente poca fortaleza física con piernas como palillos.Eso sí, su extraordinario espíritu de lucha le ha convertido en un guerrero que nunca ha rehuido el cuerpo a cuerpo frente a rivales mucho más fornidos que él. Pero su cuerpo dijo un día hasta aquí hemos llegado y comenzó un calvario.
De la mano de su fisio y amigo, Pedro Chueca, y apoyado por todo el cuerpo médico del Real Madrid inició un camino por el viaje de la ciencia en busca de un brebaje mágico para lograr la eterna juventud. En su búsqueda,y sin superar los límites legales, se adentró en el terreno de la física. La última moda era las cámaras de hipoxia. La vida elevada a las alturas. Como los ciclistas. Primero con una simple máscara, luego con tiendas transportables y así hasta llegar a una habitación blindada. La instalación se lleva acabo en el dormitorio porque su tratamiento precisa 6 u 8 horas seguidas y tiene que estar cerrada herméticamente. Con nitrógeno se empobrece el aire y desciende la proporción de oxígeno mediante un aparato de aire acondicionado. La concentración de oxígeno en el ambiente se mantiene en el 21%.Eleva el nivel de los glóbulos rojos y la hemoglobina, se produce el traslado de oxígeno a los músculos de manera más eficaz, se retrasa la fatiga y se produce una mejor recuperación del esfuerzo, según un extraordinario reportaje de Julián Avila en ABC.
Esta experiencia no es nueva en el deporte. La utilización de la altitud como herramienta de trabajo se ha venido utilizando desde hace bastantes años. Se comprobó que se alcanzaba un mayor rendimiento cuanto mayor era la altura en la que se trabajaba. Fue en los Juegos Olímpicos de México en 1968, en los que se ‘empeoró’ en algunas especialidades por efecto de la altitud, pero sin embargo, en otras, como el salto de longitud, los 2.300 metros de altura de Mexico Distrito Federal significaron establecer el mayor récord de la historia del atletismo con los 8,90 metros de Bob Beamon en la especialidad de longitud. Un récord estratosférico que dio la vuelta al mundo y tardó varias décadas en romperse.
Estos Juegos significaron un antes y un después en la evolución del atletismo ya que, posteriormente, al regresar a la competición a nivel del mar se demostró que algunos atletas mejoraron sus marcas. Es desde entonces cuando se puso de moda la técnica de entrenamiento LHTL-living high training low- Vivir arriba y entrenarse abajo-. En este grupo está incluida la llamada hipoxia normobárica domiciliaria, que son los apartamentos que utilizan disolución de nitrógeno o las tiendas que empobrecen de oxígeno el aire. Conocidas las ventajas lo ideal era buscar una fórmula que permitiese combinar las ventajas de la altitud con el trabajo en el hábitat natural del deportista.
En la montaña, en ambientes con menos oxígeno, el cuerpo pone en funcionamiento una serie de mecanismos que potencian la capacidad aeróbica. En deportes como el fútbol, el atletismo y el ciclismo eleva el hematocrito y la concentración de hemoglobina proporciona de inmediato una serie de ventajas. ¿Cómo se podía crear este escenario artificial? Tras muchos estudios, al final triunfó la fórmula de las cámaras y las tiendas portátiles, modelos que han mejorado hasta lograr aislar y blindar una habitación completa, técnica bastante lograda por la empresa especializada Colorado Altitude Trining.
El Real Madrid estudió en su día la posibilidad de adquirir varias cámaras de hipoxia, pero lo descartó por su compleja aplicación diaria.
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El ‘hipoxicator’ se convirtió en su día en el mejor aliado de Chema Martínez en su preparación con vistas al maratón de Rotterdam en 2005. En poco más de un mes llevó la práctica 35 sesiones de 1 hora y 20 minutos. Mediante una mascarilla respiraba durante 6 minutos simulando la altitud elegida (en esta primera fase oscilaba entre 3.000 y 5.800 metros).Los siguientes 4 minutos descansaba respirando el aire existente en la sala. Así lo repetía hasta llegar a la hora y veinte minutos.Dos meses antes de la prueba, en febrero, ‘descansó’, durmiendo en la tradicional cámara de hipoxia para, en marzo, llevar a cabo la segunda parte del protocolo. Esta vez menos sesiones, solo 15, pero subiendo la altitud, de 3.500 metros hasta 7.000.
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