Han transcurrido ya casi dos semanas y sigue el fuego cruzado. La segunda derrota olímpica de Madrid confirmó que la unidad alrededor de Alberto Ruíz Gallardón era ficticia. El alcalde de Madrid es ahora uno de los blancos preferidos por interesados francotiradores que esperaron burdamente su oportunidad. El otro es el presidente del Comité Olímpico Internacional, Jacques Rogge, en lo que viene a ser la tan futbolera versión de darle la culpa al árbitro cuando se pierde un partido. ¡Y yo que pienso que son los dos únicos que han escenificado a la perfección su papel!

A Ruíz Gallardón le interesaba mantener el fuego olímpico. Le reportaba múltiples beneficios (protagonismo personal y dinero para su ciudad procedente de los presupuestos generales del estado, básicamente) y únicamente corría el riesgo de encontrarse demasiado sólo cuando se confirmara la derrota. Rogge estaba obligado a conseguir el máximo número de pretendientes posibles para 'sus' Juegos y lo ha hecho tan bien que siempre podrá lucir la imagen del Rey de España, de Obama y de Lula peleándose en Copenhage sin saber exactamente a qué estaban jugando. Gallardón y, sobre todo, Rogge estuvieron siempre en su sitio.

Los demás no. Todos los demás cayeron en la monumental mentira de hacer creer que Madrid podía ser sede de los Juegos Olímpicos del 2016, algo que los mínimamente introducidos sabían que era imposible. Sin entrar en más consideraciones, estaba claro que sin el voto europeo (votar Madrid era cerrar puertas para el 2020) era imposible ganar. Lo sabía hasta quién inventó lo de la corazonada ("presentimiento de que algo difícil va a ocurrir", según el diccionario), pero todos callaron. Nadie quiso quedar como cabecilla de una desunión (sentido común en este caso) que se hubiera utilizado políticamente y todos se prestaron al juego. El Rey (incómodo desde que llegó a la capital danesa hasta que se fue), el presidente del gobierno, el líder de la oposición, la enemiga más amiga del alcalde y hasta un sabio Juan Antonio Samaranch, que advirtió en privado pero debió claudicar en público. Por lo menos ellos han sabido aceptar la anunciada derrota en silencio.

Otros -los peores- no. Algunos hablan de engaño de Rogge -si lo sabían, ¿porque no lo denunciaron antes?- y los más desequilibrados hasta de mafia olímpica. El CIO es, simplemente, el CIO y sus reglas -nada democráticas, evidentemente, pero efectivas para mantener el gigante olímpico- son sus reglas. Todo el mundo tiene la opción de jugar con ellas o quedarse en casa. Pero si juegas, si haces lo mismo que los demás, si invitas, si regalas, si te doblegas a sus pretensiones hasta para retorcer la ley antidopaje y pierdes no tienes derecho a quejarte. Sólo a aprender. A dejarte de corazonadas -y mucho menos de cabezonadas- y a utilizar la inteligencia. A escuchar más a Samaranch y menos a los políticos. Es decir, a hacer todo lo contrario a lo que ha hecho la candidatura del Madrid, que ha perdido -dos veces- por estar en lugar equivocado en el momento equivocado. Sólo por eso.