He visto la portada de Marca y no puedo creerlo. Es la primera vez que un árbitro, en activo o ya retirado, se enfunda la camiseta de un equipo de fútbol sin la más mínima verguenza, todo al contrario, con orgullo y satisfacción, como quien firma el contrato de su vida. Y también es la primera vez que reconoce abierta y públicamente que desde niño es del Real Madrid.

Sinceramente, tanto Megía Dávila como el Real Madrid se han metido en un berenjenal innecesario. Lo único que han conseguido es abrir la caja de los truenos y poner sobre el tapete un debate que siempre, en mayor o menor medida, ha existido: que los árbitros, algunos, han beneficiado más que perjudicado al Real Madrid.

Mi opinión siempre ha sido que los colegiados, al final de una temporada,  le dan a los grandes más de lo que le quitan. Los árbitros no se atreven con Real Madrid, Barça, y algún otro, a montarles los cirios que sí han sufrido equipos como Osasuna, Mallorca, por ejemplo. Los de negro (ahora también de rojo o amarillo) tienen diferente rasero de medir a la hora de sacar tarjetas. Es prácticamente imposible que Real Madrid o Barça se queden con nueve jugadores en un partido.

Pero a lo que iba: ¿qué pensarán a partir de ahora los aficionados al fútbol después de haber visto que Megía Dávila es más blanco que Santiago Bernabéu? Seguro que echará mano de su integridad, de su honradez, pero lo que ha logrado es sembrar la duda.

Megía Dávila no le hace falta al Real Madrid. Ni ningún otro ex colegiado a ningún otro club. Han de mantenerse lejos, guardando unas distancias lo más grande posible. ¿A qué viene que Megía reciba a los colegiados que le van a pitar al Real Madrid? ¿A qué obedece ser simpático, agradable y detallista? Un árbitro llega al estadio, entra en su vestuario, habla con el delegado del equipo las dos o tres cosas que tenga que hablar y punto. 

Megía Dávila y el Real Madrid se han equivocado. Haber tenido la simple idea de fichar a un ex colegiado, por muy bueno que fuera, ya chirría. El Madrid por pensarlo, el árbitro por aceptar y los dos por no darse cuenta que esta decisión, en vez de sumar, resta.

 

NOTA DEL AUTOR:

Nunca agrego ningún comentario después de escribir un artículo, si bien en esta ocasión me permito hacerlo para puntualizar algunas cosas que, al parecer, algunos lectores no han entendido.

A mí, lo que realmente me parece injustificable es que Megía Dávila, hasta hace tres días uno de los mejores árbitros del fútbol español e internacional, se atreva  salir en la portada del diario más vendido de este país poniéndose la camiseta del Real Madrid y diciendo que es de este equipo desde niño. Estoy absolutamente convencido que dentro de la propia entidad blanca, a la que respeto por su historia y por todos los aficionados que arrastra, esa portada les habrá sentado a cuerno quemado, porque es toda una provocación hacia el resto de aficiones.

Si el Madrid se hubiera limitado a fichar a Megía Dávila, sin que este hiciera 'apología' de su amor a esos colores, nadie habría dicho nada más, porque es verdad que hay otros clubs que han contratado a ex colegiados para hacer estas funciones. Pero: ¿han salido estos árbitros poniéndose la camiseta del club que les paga?

 Y una última cosa. Creo en la honradez de los árbitros, en su honestidad, como en los abogados, médicos, arquitectos, periodistas si bien, como en todas las profesiones, los hay que tienen manía persecutoria y van a perjudicar a propósito. Los he conocido, los he sufrido. Los errores se perdonan, por supuesto, pero el abuso de autoridad, no.