viernes, 15 de mayo de 2009 6:20
Toni Frieros
Reflexiones sobre la final de la Copa del Rey
Empecé el día después de la final de la Copa del Rey leyendo primero la prensa vasca y la madrileña. Para cualquier socio y aficionado del FC Barcelona debe ser un motivo de orgullo que se admire el juego que desplega el equipo de Guardiola, más allá de los títulos que consiga. Es verdad que la historia sólo recuerda a los campeones, pero estoy convencido de que este Barça de Pep compartirá vitrina con el Dream Team de Cruyff, el Real Madrid de la Quinta del Buitre, aquel Milan de Arrigo Sacchi, de la Naranja Mecánica, del gran Brasil de Pelé. Este Barça tiene unas señas de identidad, que es ofrecerle al espectador, cualquiera que sea su color, escudo y bandera, una oferta atractiva, para que disfrute y se divierta viendo un partido de fútbol. Todo pasa por jugar bien, por ser valiente, por arriesgar, por saber encontrar el equilibrio perfecto entre saber atacar y no ser atacado. Han de coincidir alrededor de la pelota, por supuesto, jugadores con unas características propias. Además, han de ser generosos en el esfuerzo, ambiciosos, disciplinados y profesionales. Justo lo que perdió hace dos años ese gran Barça liderado por Ronaldinho, que estaba llamado a marcar una época de gloria y se quedó a mitad de camino por abandonarse y creerse que todo se consigue sólo con talento. No, el talento siempre ha de ir acompañado de trabajo, humildad, compañerismo y mucha hambre de títulos.
Lo escribí en mi último artículo: que gane el fútbol. Y todos estamos de acuerdo, aquí, en Bilbao, Madrid y hasta en las Islas Cook, que es muy difícil, hoy en día, doblegar al Barça con el balón en los pies. Lo hace todo mucho mejor y más rápido que el rival. Por eso, si en la final de Copa del Rey hablaba el fútbol, el desenlace era más que previsible. A mí el Athlétic no me pareció un equipo pequeño. Todo lo contrario. Fue un digno rival que mostró todo su potencial mientras pudo y le quedaron fuerzas. El Barça despertó y echó a andar ese monstruo que lleva dentro y que ya se llevó por delante a tantos otros, como Real Madrid, Bayern Munich, Sevilla, Valencia...
Aquí y ahora, me quito el sombrero por el comportamiento de los jugadores entrenados por Joaquín Caparrós. Había expectación por saber hasta qué punto la tan anunciada presión, juego agresivo y duro podría poner en peligro el normal desenlace de la final. Y el Athletic estuvo a la altura de su historia, de su afición. No dio más patadas que las normales en cualquier encuentro, las mismas que el Barça, no hubo más trifulcas que dos o tres conatos sin importancia. En definitiva, aguantó con gallardía el vaivén del oleaje azulgrana y no buscó excusas para convertir el partido en un zafarrancho de combate. Por eso, porque supieron perder como hombres, como grandes deportistas, un diez para todos ellos.
Y segundo. Saber ganar está muy bien, pero saber perder es la repera. El comportamiento de la afición rojiblanca quedará para siempre grabada en nuestra memoria. Por estar al lado de sus jugadores en el trance más difícil, por no moverse de sus asientos, por denunciar al energúmeno que lanzó el objeto a Alves, pero sobre todo, por encima de cualquier otra consideración, por saber aplaudir al ganador. Por eso, cuando los jugadores del FC Barcelona se fueron a su sector llevando banderas del Athlètic y la Ikurriña, se nos puso la piel de gallina. Fue un abrazo fraternal que muy pocas veces habíamos visto.
Fue una fiesta. Ganó el mejor, porque la historia del fútbol ha parido un equipo exquisito, maravilloso. También ganó el Athlétic porque siempre lo llevaremos en nuestros corazones.Una hermosa noche.