Hola amigos, os escribo después de regresar de Stamford Bridge y de vivir en Londres esa noche mágica gracias al milagroso gol de Andrés Iniesta. Por razones logísticas, y para cerrar la crónica lo antes posible, me encontraba en la impresentable sala de prensa del Chelsea (pretende ser un gran club europeo y hay equipos de segunda división con mejores instalaciones) cuando Iniesta obró el milagro en el último suspiro. Tuve que empezar prácticamente de nuevo la crónica, si bien, dadas las circunstancias, fue una satisfacción más que un contratiempo.

Debo admitir que en la noche del miércoles, el Barça tuvo la suerte de los campeones. Sin embargo, sin estar ahí, es imposible obtenerla. Si no llegas a la semifinal no puedes aspirar a luchar para ser campeón. A los barcelonistas, el sorteo de la Champions League les había dado la espalda. Jugar la vuelta de cuartos de final y semifinales en campo contrario era un gran hándicap y aún así han sabido superar ese escollo.

Os diré varias cosas del Chelsea-Barça. La primera, que el equipo entrenado por Hiddink pagó muy cara su racanería, cicatería y cobardía. En Barcelona, en el Camp Nou, ofreció una imagen paupérrima, de equipo pequeño, obsesionado con empatar y sin importarle lo más mínimo jugar bien o mal a fútbol. Que Drogba tuviera una clara ocasión de batir a Valdés fue como consecuencia de un error garrafal de Márquez, no por su juego ofensivo.

Y en Londres, donde actuó con un poco más mentalidad ofensiva, Hiddink demostró de qué pasta está hecho. Con el Barça jugando con 10 hombres por la expulsión de Abidal, derrengado físicamente, con una defensa de circunstancias (Piqué estaba actuando de delantero centro), no se le ocurrió otra cosa que quitar a su hombre más rápido y peligroso, Drogba, para amarrar el centro del campo con Belletti. Ahí demostró que no merecía ganar. En vez de ir a por el Barça, de 'matar' el partido con otro gol, no se le ocurrió otra cosa que darle la pelota a los azulgranas y permitirles que le atacaran.  Ví al Barça roto físicamente y desequilibrado tácticamente, porque a Guardiola ya le daba lo mismo perder por 1-0 que por 4-0. Y eso el Chelsea no lo supo ver. Su penitencia fue encajar el gol en el único disparo entre los tres palos en todo el encuentro.

No seré yo quien me ponga una venda en los ojos y no reconozca que esta vez el colegiado de la contienda benefició al Barça. Dicen que le birló cuatro penalties al Chelsea. De todos ellos, claro, claro, fue la mano de Piqué. Desvió la pelota tocada por Anelka y lo vio todo el mundo menos el colegiado y su asistente. También en el Camp Nou fue agarrado de la camiseta Henry dentro del área cuando iba a rematar y no quisieron señalar penalty. Del mismo modo hay que decir que la tarjeta roja a Abidal fue injusta. No toca en ningún momento a Anelka, que tropiezó solo.

La segunda lectura que me gustaría resaltar es la gran actuación de Víctor Valdés. Ya estuvo providencial en el Camp Nou y en Stamford Bridge volvió a demostrar que se crece en los grandes partidos. Iniesta, por méritos propios, se ha llevado toda la gloria, si bien un alto porcentaje del pase a la final hay que otorgárselo al meta catalán. Valdés es un portero extraodinario, de una profesionalidad impecable. Se toma cada entrenamiento como si fuera el más importante de su vida y eso se refleja en los partidos. Tiene un nivel de concentración extraodinario y domina todos los aspectos de su profesión con una nota muy alta. Tiene grandes reflejos, bloca el balón con una seguridad absoluta, sabe encarar el uno contra uno como muy pocos en el mundo y seguramente es en los balones centrados y altos donde se muestra más vulnerable.

A Valdés no se le ha hecho justicia en muchos ámbitos. Hace años que tendría que haber llegado a la selección y debería tener más reconocimiento. Es verdad que no le ayuda su forma de ser, que él colabora muy poco a ser un personaje más simpático y mediático, algo fundamental hoy en día en el mundo en el que nos movemos. De todos modos, lo más importante es que debajo de los palos tenga actuaciones como la de Stamford Bridge. Todo lo demás es colateral...